Blog Marian

Tiempo de lectura: 2 minutos

 

Esta pandemia nos ha pillado a todos por sorpresa. El otro día en un programa de televisión comentaban que entre el Covid-19 y la gran nevada ya sólo faltaba que aparecieran los jinetes del Apocalipsis…

Llevamos un año duro y lo peor es que no terminamos de ver la luz al final del túnel. Son muchos los negocios que se verán obligados al cierre, pero yo quiero hablar de un sector que a mí como cantante, me toca la fibra: el sector de la música.

La música además de estimular nuestro cerebro desde antes de nacer, forma parte de nuestras vidas: nos hace recordar momentos especiales, nos reconforta cuando estamos de bajón, nos ayuda a relacionarnos, etc. De hecho la palabra persona tiene raíces latinas. Está formada por dos vocablos: per y son, que significan “el sonido pasa a través de”.

Esta crisis global ha supuesto un parón sin precedentes en el sector musical. De hecho en nuestro país, el 2020 ha cerrado con pérdidas de 1.000 millones de euros (pérdidas directas a las que deben sumarse unos 7.000 euros más de indirectas). A eso habría que añadir la suspensión de 25.000 conciertos.

Son muchas las familias que se verán afectadas, porque cabe recordar que un concierto no lo forman sólo los músicos que actúan en directo. Detrás hay muchísimo trabajo que afecta a su vez a muchos otros sectores.

Imaginemos por ejemplo un macro festival como el Mad Cool de Madrid. ¿Sabéis la infraestructura que se necesita para montarlo? Transporte, montaje de escenario, camerinos, baños; catering, técnicos (iluminación, sonido), bebida, camareros/as para barras, personal de seguridad y mantenimiento, mobiliario, cobertura del evento a través de medios de comunicación (uso de cámaras y drones), personal para taquillas, empresas de merchandising, etc, etc…

Las salas de conciertos también están en la cuerda floja. Con aforos limitados, cierres temporales (según evolucione la pandemia). Las pérdidas en este sector rondan los 120 millones de euros, sin contar que la mayoría de trabajadores de estas salas se encuentran afectados por un ERTE desde que se inició el confinamiento en marzo.

También los productores musicales han sufrido cuantiosas pérdidas. Según Promusicae, la industria discográfica española ha perdido más de 100 millones de euros como consecuencia de la pandemia.

A eso hay que sumar el parón que hemos sufrido los artistas. Pese a que hayamos dedicado nuestro tiempo a componer o grabar temas nuevos, a nosotros lo que realmente “nos pone” es compartir nuestra música en directo, con nuestros fans, con las salas llenas de gente coreando los temas y moviéndose al ritmo de tus canciones. Y eso, por ahora, no es posible.

Es muy importante intentar, pese a todo, ser positivo/a. Pensar que esto es pasajero, que las redes sociales han hecho posible que mantengamos el contacto con nuestros fans (algunos/as han tenido que trabajar a tope su empatía para seguir conectados con su gente).

Este período nos ha servido para recapacitar, para hacer planes pensando en montar algo que sea “la leche”.

Cuando todo se normalice, ayudadnos. Prometemos recompensaros de la mejor manera que sabemos: haciéndoos vibrar.

Please… Don’t stop the music!

 

 

Tiempo de lectura: 2 minutos

 

Dynamite es el título del primer sencillo en inglés del grupo de K-Pop coreano BTS. Desde su estreno el pasado 20 de agosto, lleva ya más de 360 millones de reproducciones en Youtube: todo un fenómeno mundial.

Esta boyband es pura dinamita. Desatan la locura entre el público joven con sus canciones pegadizas acompañadas de una imagen de lo más cool.

Desde su nacimiento en el 2013, los BTS no han parado de generar dinero y claro, eso se convierte en un mar de infinitas posibilidades para seguir engrosando la hucha. Por este motivo, el K-Pop coreano ha dado un paso más: la empresa Big Hit Entertainment (que está detrás de BTS) ha decidido que es el momento de salir al parqué.

El debut en Bolsa empieza bien para estos chicos, ya que cada uno de los integrantes del grupo más famoso de este género musical, será obsequiado con un paquete de acciones valorado en unos 6,5 millones de euros. Será la mayor salida a Bolsa en Corea del Sur de los últimos tres años (unos 7,13 millones de acciones de 75 a 96 euros por acción).

Las inversiones financieras y la música están más unidas de lo que pensáis. De hecho es un negocio más que puede proporcionar algunas alegrías a quienes decidan lanzarse a por él.

Existen varios ejemplos. Uno de ellos sería el Fondo de Inversión Hipgnosis Songs que cotiza en la Bolsa de Valores de Londres desde el 2018. En marzo evidentemente cayó en picado, pero vuelve a dar beneficios.

Detrás de Hipgnosis Songs se esconde su creador Merck Mercuriadis que fue representante entre otros de Beyoncé, Iron Maiden o Guns N’Roses… ¡Casi nada! El Fondo invierte en canciones de éxito y los derechos de propiedad asociados a éstas.

¿Su secreto? Según Mercuriadis siempre se consume música. Tanto cuando se celebra algo, como para superar tiempos difíciles como el momento actual que vivimos. Cuanta más música se consuma, mayores beneficios obtienen.

La empresa de inversión americana Shamrock Capital anunció en julio de este año el próximo lanzamiento de un fondo que también adquirirá derechos de autor de canciones, compitiendo directamente con el ya existente Hipgnosis Songs.

Y es que como veis, la industria musical, pese al parón de los conciertos en vivo, sigue generando beneficios por otras vías: derechos de autor, consumo a través de plataformas digitales (como Spotify), etc.

La música es pura dinamita y algo necesario en nuestras vidas. ¿Sabíais que la palabra “persona” proviene del latín “per son”? ¿Y que “per son” significa “el sonido pasa a través de”? Nuestras vivencias muchas veces tienen banda sonora propia y eso es algo que ni siquiera se escapa a los grandes inversores.

Los chicos de BTS en su último éxito cantan eso de “I’m diamond, you know I glow up” (“Soy un diamante, sabes que resplandezco)”. La música es y siempre será ese pequeño diamante que nunca dejará de brillar.

 

 

 

Tiempo de lectura: 3 minutos

En los 90 el archiconocido grupo AC/DC cantaba eso de “Come on, come on listen to the moneytalk” (“Vamos, vamos, escucha la charla del dinero”). Con él suelo abrir algunos de mis cursos porque me encanta y me va “de perlas” para introducir temas que tengan que ver con las finanzas.

Y es que la música y el dinero están estrechamente relacionados. Al margen de las historias acerca de cantantes o grupos sumidos en la ruina más absoluta por no saber manejar sus finanzas, lo cierto es que la industria musical puede darnos lecciones sobre economía bastante interesantes.

El mayor quebradero de cabeza en la industria musical es cómo monetizar un disco en una época en la que consumir música es prácticamente gratis.

Lejos quedan ya los días en que los músicos vivían prácticamente de sus ventas de discos (en formato cassette, vinilo o CD). De un tiempo a esta parte, cualquiera de nosotros puede acceder a nuestros temas favoritos de manera gratuita o a precio irrisorio. ¿Cómo? A través de plataformas de streaming como Spotify.

El streaming permite que cualquier persona en cualquier parte del mundo pueda escuchar su música favorita a coste cero.

Actualmente gran parte de los ingresos de los músicos proviene de sus actuaciones en vivo. Aquí cito a Alan Krueger, quien fue asesor económico del expresidente Obama y su más que recomendable libro (disponible sólo en inglés) titulado “Rockonomics”. Krueger cita en su libro a Paul MacCartney como ejemplo de lo dicho anteriormente: el 80% de sus ingresos provienen de sus conciertos en vivo. Ya os podéis imaginar, el descalabro económico que el Covid-19 está causando en el gremio.

Razones más poderosas que la adrenalina hacen que artistas no ya tan jóvenes continúen “dando guerra” sobre sobe los escenarios (para disfrute de muchos). Muchos de ellos sin ni siquiera aportar nuevo material. ¡Los fans quieren escuchar los clásicos de siempre!

Otra de las fuentes de ingresos de los músicos son sus negocios complementarios. Muchas de las grandes estrellas tienen negocios paralelos que les proporcionan una buena cantidad de dinero.

Os puedo poner unos cuantos ejemplos. Rihanna es una de las artistas musicales más ricas del mundo según la revista “Forbes”. Hace más de 4 años que no saca un disco, sin embargo sus firmas de moda y cosméticos están logrando alcanzar un gran éxito.

El cantante de Iron Maiden, Bruce Dickinson, también le ha sacado jugo a esto de los negocios complementarios: es conferenciante de moda en el mundo empresarial, tiene su propia empresa de mantenimiento de aviones (es piloto), desarrolla los primeros drones comestibles del mundo, diseña su propia cerveza con el nombre del grupo que se vende actualmente en más de 50 países … ¡Eso sí que es Rock&Roll!

La economía colaborativa también se cuela en el mundo de la música. Grandes artistas consagrados colaboran con jóvenes que “lo están petando” en la actualidad. Ambos salen ganando: los veteranos vuelven a ser visibles y los jovencitos suman likes a sus ya rebosantes redes. Una de las últimas colaboraciones ha sido la de Madonna con Dua Lipa causando un gran revuelo ya que la cantante de “Like a Virgin” ni siquiera se digna a aparecer en el video.

Los AC/DC también tiene algo que decir al respecto. Con su álbum “Back in Black” (1980) vendieron más de 50 millones de copias. Son un grupo de culto al que siguen varias generaciones. ¿Cuántas de vosotras no tenéis alguna camiseta de AC/DC comprada en Bershka? No sólo viven de sus giras. El merchandising, o sus negocios alternativos (tienen hasta un crucero propio), les proporcionan grandes alegrías. El grupo amasa una considerable fortuna. De hecho los hermanos Young se encuentran entre las familias más adineradas de Australia.

Ellos ya lo decían en su canción “Moneytalks”: “Ámame por el dinero (…) Escucha la charla del dinero”. Y es que cuando se tiene, suena bien. Pero desgraciadamente, son muchos los artistas anónimos que jamás llegan a escuchar su sonido. Aunque de eso ya hablaremos otro día…

 

 

 

 

Tiempo de lectura: 3 minutos

En 1987 el grupo R.E.M. publicó su álbum “Document”. Contenía una canción que muchos de nosotros/as hemos bailado cuyo largo título me ha inspirado para el contenido de este nuevo post. Se llamaba “The End of the World as We Know (And I Feel Fine)”.

Y es que si algo nos ha traído toda esta movida del Covid-19 es el fin del mundo tal como lo conocíamos hasta ahora. En pocos meses nuestras vidas han dado un giro de 360 grados en todos los sentidos: familiar, laboral, económico, social, espiritual, etc.

La incertidumbre se ha instalado entre nosotros, y lo ha hecho para quedarse. Ante esta situación podemos actúar de dos maneras: viviendo constantemente angustiados o afrontando la situación y buscando soluciones que nos hagan sentir bien.

Nuestro cerebro no lo lleva nada bien. Como ya sabéis (seguro que lo habéis oído miles de veces), estamos programados para sobrevivir y todo lo que nos cree inseguridad, el cerebro lo interpreta como amenaza y tiende automáticamente a rechazarlo.

Pero hace ya muchos años que descendimos de los árboles, y pese a convivir con un cerebro primitivo, somos capaces de crear toda una serie de herramientas que nos ayuden a gestionar esa incertidumbre.

Decía el filosofo Voltaire allá por el siglo XVIII que “La incertidumbre es una posición incómoda, pero la certeza es una posición absurda”. Y es que pese a que nos cueste gestionar la incertidumbre, es absurdo pensar que podemos controlar y conocerlo todo. Y si no, basta con retrotraernos a marzo de este mismo año.

Hemos pasado por muchas fases: euforia (nos hacía cierta “gracia” vivir esa experiencia de estar metidos en casa), aburrimiento, ansiedad, estrés, miedo, apatía, tristeza… Permitidme que os diga algo: ¡Tenemos derecho a sentirnos mal! No soporto a esa gente que nos incita a vivir en un estado de felicidad perpetua.

El duelo hay que pasarlo, ahora toca aceptar la situación y adaptarnos a ella de la mejor manera posible. Habrá cosas que tendremos que posponer y otras que empezamos a hacer de forma diferente, como el teletrabajo o la formación online.

Vamos a aceptar cada día como nos venga y no pensar en lo que sucederá mañana, sino valorar lo que tenemos hoy. Así permitiremos a nuestro cerebro que se relaje: apaguemos ese ruido constante que no nos conduce a nada y aprendamos a sacarle jugo a la vida para vivir más tranquilos/as.

No pasa nada si un día estamos bloqueados/as, si no nos llega la inspiración o somos menos productivos. En momentos como esos lo mejor es desconectar y volver al “on” con la mente despejada.

¿Qué podemos hacer para gestionar esa incertidumbre?

Aquí os dejo algunos consejos para hacerle frente:

1.- Toma conciencia de la situación. ¿Dónde estoy? ¿Cómo y en qué me ha afectado esta crisis?

2.- Traza tu propio mapa. Márcate unas metas y objetivos. Planifica cómo vas a llegar a ellos, qué herramientas necesitas. En situaciones como la actual me gusta mucho hablar del mapa financiero-vital porque no hay nada que nos agobie más que el dinero. Cada uno/a tenemos nuestras circunstancias personales y financieras. Ese mapa nos ayudará a orientarnos y replanificarnos las veces que sea necesario.

3.- Pasa a la acción. La mejor manera para enfrentarse a un sentimiento o una emoción es ponerle un nombre y enfrentarte a ella. Traza un plan de contingencia en el que recojas lo peor que te puede pasar y cómo te vas e enfrentar a ello. Verás como tus miedos se disipan poco a poco.

4.- Aprende a aceptar los riesgos. El riesgo es algo inherente a la incertidumbre: intenta minimizarlo y acepta aquellos riesgos que no puedas eliminar.

5.- Muéstrate abierto/a al cambio. Stephen Hawking decía que “La inteligencia es la capacidad de adaptarse al cambio”. Las cosas suceden por algo. Bofetadas como esta, nos abren los ojos y nos permiten replantearnos muchas cosas.

Que nuestra actitud sea la de la canción de REM: “Es el fin del mundo tal como lo conocemos, y me siento bien”. Pues eso, empieza una nueva era llena de posibilidades: tomemos nota y aprovechémosla.

Tiempo de lectura: 3 minutos

“Ha pasado mucho tiempo desde el Rock and Roll (…) Oh, déjame recuperarlo”. Con estas frases empieza la canción de Led Zeppelin incluida en su álbum Led Zeppeling IV de 1971 y escrita por Jimmy Page (guitarra del grupo).

He querido titular así este post porque ese es precisamente el estado en el que me encuentro: tengo ganas de Rock&Roll.

Después de casi dos meses de confinamiento el Covid-19 sigue privándonos de los escenarios y la verdad es que tengo “mono” de subirme a ellos y darlo todo.

Pero pese a todo, sigo pensando que en los escenarios o fuera de ellos, hay que tener actitud rockera para afrontar esta situación.

Veréis, soy autónoma (ofrezco servicios de formación a empresas) y además cantante en un grupo de rock. Durante todo este tiempo mi actividad en ambos campos se ha visto drásticamente afectada.

Y me diréis… ¡Existe la formación online! Lo sé, pero a mí me van las personas y trabajar con ellas a través de una pantalla (aunque lo hago), se me hace raro.

Como yo, hay muchas personas que han visto mermados sus ingresos drásticamente o incluso, en el peor de los casos, han tenido que cerrar sus negocios.

Ante esta situación… ¿Qué podemos hacer?

Ahí es donde pongo en marcha mi filosofía de vida, que se ha convertido en mi tótem tanto a nivel laboral como personal y no es otra que la que denomino “Mi filosofía de las 3 R’s”. Hoy quiero compartirla con vosotros por si os puede servir de ayuda.

Estamos saturados/as de escuchar consejos sobre cómo debemos cuidarnos, primero durante el confinamiento y ahora a lo largo del proceso de desescalada.

Nos hacen poner en “modo zen” para que cuidemos nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestro alma y poder afrontar mejor el estrés emocional al que nos estamos viendo sometidos.

Pues bien, mi propuesta es la siguiente: “Pasa del modo zen al modo rock con tres sencillas pautas”. Aquí es donde introduzco las 3 R’s a las que he hecho referencia anteriormente:

Primera R: Rock your life. “Si no te gusta algo, cámbialo. Si no puedes cambiarlo, cambia de actitud” (Maya Angelou). La actitud ante las situaciones que se nos presenten en la vida, lo es todo. No podemos estar lamentándonos continuamente. Ahora es el momento de afrontar los problemas y plantarles cara. ¿Cómo?

Segunda R: Rock your mind. “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo” (Albert Einstein). Replantéate tu modelo de negocio. En estos días estáis viendo como muchos negocios se están transformando. Hay muchos ejemplos, desde empresas textiles que han pasado de las colecciones de moda a confeccionar mascarillas o batas para el sector sanitario, a restaurantes que ofrecen servicio “take away” para que sus clientes sigan disfrutando de la comida que tanto les gusta. Dale caña a tu mente y pon en marcha tu creatividad para adaptar tu negocio a los tiempos que corren.

Tercera R: Rock your money. “El fin último en un proceso de toma de decisiones es común en todas las personas: la obtención de un beneficio” (Gary Becker). Y es que no nos engañemos, todos buscamos obtener una recompensa por lo que hacemos. Eso hace que nos sintamos mejor y alcancemos ese bienestar que tanto ansiamos. Si algo nos ha enseñado esta crisis sanitaria con respecto a nuestro dinero es que debemos aprender a organizarnos mejor, planificar nuestra economía para hacer frente a posibles imprevistos para que cuando lleguen, no nos quiten el sueño.

Así que ya sabéis, amiguitos/as: ha llegado el momento de sacudirnos las telarañas y pasar a la acción.

¡Larga vida al rock and roll!

 

 

 

Tiempo de lectura: 3 minutos

El pasado lunes 9 de marzo de 2020, la Bolsa de Wall Street cerraba durante 15 minutos: el índice más representativo del mercado- Standard & Poor’s (S&P)- alcanzaba su máxima caída permitida. El pánico al coronavirus se apoderaba del parqué.

Hemos entrado en barrena: el COVID-19 ha irrumpido en nuestra sociedad como un huracán arrasando todo a su paso. Hay muchas empresas afectadas por diversas razones: Apple por falta de suministros procedentes de China, LVMH o Microsoft por menor demanda de productos procedentes de Asia.

Se ven seriamente afectados sectores como las aerolíneas, las empresas relacionadas con viajes y ocio. Además debido a la contención de los viajes también se hace un menor uso de tarjetas de crédito, lo que afecta a empresas como American Express o Mastercard.

España es uno de los destinos turísticos por antonomasia. Alrededor de 84 millones de turistas extranjeros visitan nuestro país cada año.

Las perspectivas a corto plazo no son nada halagüeñas y el pánico se ha apoderado de todos nosotros: pensamos que todo puede ir a peor.

Ese miedo irracional es más contagioso que el propio virus y nos impide ver por ejemplo las grandes oportunidades de inversión que se están generando.

Mis queridos Sôber en su canción “Caída libre” dicen una frase con la que me identifico en estos momentos: “No consigo entender el porqué de algunas cosas”. ¿Qué nos ocurre? ¿Estamos en plena caída libre?

Vayamos por partes. Según la neurociencia, el miedo es una reacción natural: ante situaciones de amenaza, nuestro cerebro indica al sistema nervioso que actúe con el único objetivo de sobrevivir.

Hace miles de años, ese estado de alerta continua nos salvaba de una muerte segura. Pero no olvidemos que estamos en el siglo XXI, hemos progresado mucho desde nuestra época de las cavernas.

Si bien el miedo es una reacción natural, éste debe ser proporcional a la gravedad de la amenaza.

Los seres humanos nos caracterizamos por ser seres sociales. Nuestra empatía hace que los miedos colectivos sean frecuentes. Podemos pasarnos ese miedo unos a otros sin conocer con detalle la amenaza que ha provocado su origen.

¿A qué tenemos miedo? Sobre todo y por encima de todo, a la muerte. Pero también a la enfermedad, a lo desconocido… A todo aquello que nos genere incertidumbre. Incluso hay personas que hablan de oscuras teorías conspirativas por parte de nuestros mandatarios.

 

¿Es el momento adecuado para tomar decisiones? La respuesta es clara: NO. Precisamente ese miedo irracional que nos rodea, es propicio para que tomemos malas decisiones. En momentos de pánico la parte dominante en nuestro cerebro es la emocional, dejando de lado la racional.

¿Cómo podemos poner un poco de “cordura” en todo este lío? Lo ideal es encontrar el equilibrio entre ambas partes: la racional y la emocional.

Nuestro miedo actual tiene dos fuentes: la parte emocional- que mantiene activo ese miedo transmitiéndonos temor e incertidumbre-, y la parte racional. Desde ésta última podríamos hacer, por ejemplo, un listado de cosas objetivas que sabemos del virus y qué nos dicen los expertos (no el vecino del quinto) que podemos hacer para prevenir contagios.

Cuando el miedo se apodera de nosotros, dejamos de ver la parte positiva: la cantidad de gente no afectada o que ha salido curada tras la cuarentena, las personas expertas en salud volcadas al 100% en el cuidado y prevención, etc.

Conclusión: cuñados, amigos, vecinos y todos aquellos que hayan entrado en fase de descontrol absoluto, absténganse de seguir alimentando el alarmismo general. Hagamos caso a los profesionales que entienden del tema y aunque nos cueste, activemos el lado racional. Eso nos ayudará a disminuir muchos grados nuestro temor y a vivir un poco más tranquilos.

 

 

 

Tiempo de lectura: 2 minutos

 

Hace unos días, leí un artículo en prensa que “me llegó a la patata”. Versaba sobre la historia de un emprendedor valenciano que había decidido darle una segunda vida a “Don Algodón”, una de las llamadas “marcas zombie” (aquellas que vivieron su momento de gloria  y ahora son rescatadas).

Yo era “clienta top” de esa marca de ropa en los 90 y al leer esas líneas no pude evitar que me invadiera la nostalgia. De pronto, se empezaron a agolpar en mi mente las fotos de su creador Pepe Barroso (un pijo guaperas de la época) y de esas modelos “niñas de papá” que paseaban la marca en revistas y pasarelas: la preciosa Blanca Suelves, la explosiva Miriam Reyes…

Recordé los sábados por la mañana cuando visitaba la tienda con mi madre y mi hermana para comprar la ropa de temporada. En esa época veía “Sensación de vivir Beverly Hills, 90210”, estudiaba en la universidad y esperaba con ansia los viernes noche para salir de marcha con mis amig@s.

Para mí, la vuelta de “Don Algodón” no es la recuperación de una marca sin más: significa un flashback maravilloso al pasado.

Según la neurociencia, la comunicación de una marca que estimule las regiones del cerebro dedicadas a las emociones, será mucho más efectiva y aumenta las posibilidades de ser elegida con posterioridad.

Lo que me falta en este regreso de la marca al mercado es algún anuncio en el que por ejemplo una madre evoque esos recuerdos junto a su hija adolescente -ambas con sudadera Don Algodón-, escuchando a “Hombres G” frente a una taza de café con leche un domingo por la mañana.

En las madres que como yo hemos vivido intensamente esa época, se despertaría el ansia de comprar esa sudadera. No sólo para compartir con nuestros hijos/as esos momentos que nos hicieron tan felices, sino para volver a vernos como cuando teníamos 19 o 20 años.

Si queremos que nuestro producto o servicio llegue a nuestro cliente ideal, una de las estrategias que podemos utilizar es la de “tocarle la fibra” mediante estímulos (visuales, olfativos, auditivos, etc…) Las emociones asociadas a un determinado estímulo favorecerán el proceso de la memoria haciendo que nuestro producto resulte mucho más atractivo.

Usemos las emociones para conectar con nuestros clientes, dejémonos llevar por nuestros recuerdos volviendo a ese momento especial, mágico.

Está muy bien rescatar marcas del olvido para sacarlas de nuevo a la luz y que vuelvan a brillar como antes para que no nos olvidemos de ellas, para que volvamos a saborearlas como cuando empezábamos a descubrir eso que llaman juventud.

Como decían los Skid Row allá por los 90 en su hit “I Remember You”:

“Remember yesterday, walking hand in hand

Love letters in the sand, I remember you(…)” (“Recuerdo el ayer, caminando de la mano/ Cartas de amor en la arena. Me acuerdo de ti (…)”

Tiempo de lectura: 3 minutos

 

Un año más nos invade el “Black Friday” y en un mundo globalizado como este en el que vivimos ya no se trata sólo de una costumbre americana, sino que ha logrado extenderse mucho más allá.

¿Sabéis cuál es el verdadero origen del “Black Friday?. La primera vez que se mencionó este término fue el 24 de septiembre de 1869 para referirse al desplome del mercado del oro en Estados Unidos, dejando a muchos financieros de Wall Street en la más absoluta bancarrota.

En lo que se refiere a las compras, el “Black Friday” es el día después del “Thanksgiving” o Día de Acción de Gracias.

Se celebra el día siguiente al cuarto jueves del mes de noviembre. Ese día queda inaugurada la temporada de compras navideñas con importantes descuentos que incitan al consumo. ¿Para qué esperar si puedo comprarlo ya más barato?

Como veis su significado actual dista mucho de su origen real, pero lo hemos incorporado a nuestra cultura consumista.

Si a unas ofertas atractivas añadimos nuestra toma de decisiones emocional, la ecuación es perfecta.

Y es que compramos por impulsos, dejándonos arrastrar además por el “efecto manada”: “hago lo que hacen los demás porque si no quedo excluido/a del grupo y eso no me gusta”.

Para nuestro cerebro existen dos métodos diferentes a la hora de tomar decisiones que además están relacionadas con diferentes estructuras cerebrales:

  1. El método cognitivo. Es la forma racional mediante la que tomamos una decisión. Analizamos todo lo analizable, y posteriormente tomamos la decisión a la que podría llegar cualquier otra persona utilizando este mismo método.
  2. El método emocional. Este método “nos puede” literalmente. Según los últimos estudios, el acto de decisión de compra dura unos 2,5 segundos y hasta el 95% de las decisiones de compra se organizan en la parte subconsciente de nuestro cerebro.

Llegados a este punto, cabe preguntarse… ¿Por qué? ¿Qué nos lleva a que la mayoría de decisiones que tomamos cuando compramos sean emocionales?

Pese a que el método cognitivo sea una forma mucho más útil de tomar decisiones que el emocional, la balanza se inclina hacia este último. La “culpa” de que actuemos así la tiene nuestro cerebro más primitivo.

Hemos tenido que adaptarnos a muchos cambios en poco tiempo, pero no debemos olvidar que nuestro cerebro procede de un largo proceso evolutivo en el que sólo sobrevivían los/las que mejor se adaptaban.

Así pues, nuestro cerebro está desarrollado para la supervivencia y si queremos sobrevivir, debemos actuar de manera rápida: no vale eso de pararnos a pensar, porque si lo hacemos es posible que nos pique la serpiente venenosa o nos devore el león.

El entorno en el que nos movemos, ha cambiado mucho. Sin embargo, cuando nuestro cerebro se ve sometido a una presión, se activa nuestro “yo” primitivo y tomamos decisiones de manera emocional, simplemente para sobrevivir.

Eso lo saben muy bien los expertos/as en marketing, los/las comerciales, quienes se dedican a vendernos algo. Juegan con las luces, los colores, los olores, la música… Todo nos conduce a consumir y a hacerlo ya, sin pensar, dejándonos llevar por las emociones.

Los que tenemos hijos conocemos muy bien qué es eso de la presión: cuando todo el mundo se lanza a la vorágine de las compras navideñas (o pre-navideñas), no te puedes quedar atrás porque… ¿Qué pasaría si tu hija se quedase sin esa muñeca que ha pedido a Papá Noel? Hay que comprarla ya antes de que se agote.

Es muy fácil entrar en esa dinámica, y el “Black Friday” es una excusa más para no quedarnos “fuera de combate”. Lo necesitamos todo, ahora.

Pues bien, creo que este año voy a aplicarme aquello que decían los Steely Dan allá por los 70 en su canción “Black Friday”:

“Wen Black Friday comes (…) Gonna do just what I please (…) Gonna let the world pass by me.”

(“Cuando llegue el “Viernes Negro” (…) Voy a hacer lo que me plazca (…) Voy a dejar que el mundo pase por mi”).

Tiempo de lectura: 3 minutos

Y saltó la noticia: quiebra el touroperador británico Thomas Cook. ¡Boom! El segundo mayor del mundo y el más antiguo de los touroperadores ha caído dejando a 600.000 turistas “desperdigados” en lugares diversos.

Esta quiebra afecta especialmente a destinos tan importantes para el sector turístico de nuestro país como Canarias o Baleares (Thomas Cook gestionaba más de 11.500 plazas de hotel y trajo a España 7,1 millones de turistas).

El día anterior a que la noticia se hiciera pública, el sector hotelero intentaba “in extremis” un plan de rescate que incluía ampliar los plazos de las deudas. Pero nada dio resultado: definitivamente Thomas Cook había entrado en quiebra.

Ahora son muchas las incógnitas que se ciernen en torno a ello: ¿Cómo una empresa de las dimensiones de Thomas Cook ha llegado a este punto?

La situación de la empresa no era buena, con pérdidas superiores a sus deudas. Además de esto, otros factores han contribuido a rematar la caída como la incertidumbre del Brexit, la depreciación de la libra y el auge de la contratación directa.

En los últimos años Thomas Cook fue testigo de su propio destronamiento por plataformas como Booking o Airbnb donde el cliente contrata directamente los servicios a través de internet.

De nuevo los cambios, la evolución… Nada que no hayamos vivido ya en otros sectores.

Recurriendo a los paralelismos musicales, la industria musical también ha sufrido una gran transformación en los últimos años.

Los 90 fueron el final de la “época dorada” de las discográficas. El final del soporte físico: desaparecieron CD’s y discos para dar paso al formato digital.

Los hábitos de consumo estaban cambiando. Apareció Napster, una web de descarga ilegal de música. Pero las discográficas le ganaron la batalla en 2002 llevándola a la quiebra.

Sin embargo, esa victoria resultó un tanto amarga ya que habían surgido muchos imitadores. El fenómeno era imparable. En 2003 Apple lanzó iTunes como alternativa a las descargas ilegales. El negocio funcionaba y pronto le salieron imitadores, hasta tal punto que hoy es normal comprar música en formato digital y por internet.

¿Quién no utiliza plataformas como Spootify para escuchar música, crear listas de canciones favoritas y compartirlas? Los usuarios consumen contenidos gratuitos y de pago y las empresas se financian con las cuotas de las suscripciones y los anuncios.

Todo ello paralelo con: tiendas virtuales (iTunes, Amazon Music), macro tiendas físicas que engloban música, videojuegos y electrónica con salas para conciertos como es el caso de FNAC.

El futuro está a la vuelta de la esquina y poco a poco veremos cómo convergen las grandes plataformas de streaming y las redes sociales. Podremos asistir a conciertos de nuestros grupos favoritos sin salir de casa a través de gafas de realidad virtual o aumentada. Gracias a los Big Data, disfrutaremos de servicios o experiencias personalizadas. Los artistas recurrirán a la inteligencia artificial para componer parte de su música.

De hecho ya estamos viendo como Amazon amenaza a Apple y Spootify haciendo que se tambaleen sus tronos en el universo streaming.

El sector turístico (igual que el musical), también está inmerso en múltiples cambios. Ha cambiado la forma de comprar los billetes: cada vez son menos los que acuden a agencias de viaje para hacerlo. Las plataformas como Booking o Airbnb le han dado la vuelta a la manera de contratar alojamiento cuando viajamos.

La inteligencia artificial y el machine learning a través de recomendaciones personalizadas lograrán que el turista viva esa experiencia única que busca.

Las redes sociales arden con comentarios y fotos de los lugares que hemos visitado.

El nuevo cliente busca que le faciliten la vida y en un entorno como el actual, lo encuentra mediante herramientas prácticas (en forma de Apps) que ofrezcan soluciones rápidas y sencillas a sus necesidades: poder controlar en todo momento su equipaje, disponer de vehículos autónomos a su llegada a destino, aplicaciones móviles donde concentrar toda la información del viaje…

En la época medieval, los reyes se destronaban a base de espadas. Ahora los reyes se destronan a golpe de tecnología. Vivimos en una época de cambio constante en la que debemos adaptarnos a las necesidades de nuestros clientes más que nunca.

No es momento de buscar culpables sino de aprender que cada revés de la vida supone una oportunidad de cambio que nos empuja a levantarnos y evolucionar.

Como canta la banda británica BMTH (Bring Me The Horizon) en su tema “Throne”: “Así que puedes lanzarme a los lobos. Mañana regresaré, líder de toda la manada. Dame una tremenda paliza. Cada herida me dará forma. Cada cicatriz va a construir mi trono”.

Y yo me pregunto… En este juego de tronos, ¿quién será el próximo rey?

 

 

 

 

 

 

 

 

Tiempo de lectura: 3 minutos

 

En 1977, los Queen cantaban aquello de “No time for loosers, because we are the champions of the world”. La canción se ha convertido en todo un referente para el mundo del deporte pero como todo, es aplicable a muchos otros entornos.

Y es que ahora es el momento de luchar para ganar. Pero no luchar de cualquier manera, sino hacerlo con verdadera pasión y entusiasmo porque sólo así se consiguen las victorias más dulces.

En este cóctel también entra en juego otro ingrediente fundamental como es la motivación. La palabra proviene del latín “motius” (movimiento) y el sufijo “-ción” (acción y efecto). Por lo que estar motivado implica “pasar a la acción”.

Para la psicología, el entusiasmo es una motivación positiva.

Son muchos los artículos que hablan sobre “Motivación laboral”, “Cómo motivar a nuestros empleados”, etc. Sin embargo, existe una neurociencia de la motivación que nos indica cómo se desarrolla ese proceso. Y es que nadie se motiva porque sí.

Un estímulo que nuestro cerebro interprete como una recompensa potencial implica que está produciendo una liberación de dopamina en el sistema de recompensa cerebral. Si además, pasamos a la acción y desarrollamos una actividad para conseguirlo, liberaremos adrenalina que nos preparará física y mentalmente para tal acción.

Si finalmente lo conseguimos liberaremos serotonina que nos provocará un estado de satisfacción el cual a su vez facilitará unos cambios cerebrales que nos llevarán a motivarnos con dicha actividad y aprender los pasos necesarios para volver a conseguirlo.

Resumiendo: si estamos motivados/as aprenderemos mucho mejor que si no lo estamos. O si no, pensad por un momento en cuando ibais al colegio o a la universidad. Seguro que recordáis aquella asignatura que os costaba tanto aprender porque no os motivaba nada. Cualquier cosa que ocurriese a vuestro alrededor, bastaba para distraeros.

Eso nos ha pasado a todos… Aún hoy, cuando salgo de gira con mi banda, hay situaciones que me hacen estar más o menos motivada y eso-pese a que intente que no se note-, te acaba acompañando en el escenario.

Por tanto, es súper importante estar motivado/a para dar lo mejor de ti. Eso lo saben (o deberían saberlo) muy bien los empresarios o quienes tengan equipos a su cargo.

Un empleado/a motivado rinde mucho más que otro que no lo está. Pero… ¿En qué consiste eso de la motivación laboral?

La motivación empresarial se refiere a la capacidad que tienen las empresas de que sus empleados se impliquen para dar lo mejor de sí y conseguir los objetivos marcados por la organización.

 

Si estamos motivados, seremos mucho más productivos, nos sentiremos más realizados en nuestro puesto de trabajo y nos identificaremos con los valores de la empresa. Los empleados pasan a sentirse parte de la empresa, lo que los llevará a trabajar a fin de conseguir lo mejor para ella.

6 consejos para motivar a tu equipo:

  1. Sitúa a cada trabajador en el puesto que mejor se adecúe a su perfil personal y profesional.
  2. Fortalece las buenas relaciones dentro de la empresa y promueve acciones que favorezcan la cohesión del grupo.
  3. Preocúpate por la integración de nuevas personas. Procura darles una buena bienvenida y ofrecerles tiempo para que se adapten a su puesto de trabajo. Además sería bueno también que le ayudases con aquellas dudas que puedan surgirle.
  4. Aprende a delegar. Es algo muy saludable delegar responsabilidades en los miembros de tu equipo, siempre en base a las capacidades o destrezas de cada uno/a. Esto te permitirá centrarte en otras tareas.
  5. Reconoce el trabajo bien hecho. Hay que aparcar los egos y felicitar a quien se lo merezca.
  6. Intenta mejorar (en la medida de lo posible) las condiciones laborales. Esto contribuirá a que estén más motivados. Las mejoras pueden ir desde mayor flexibilidad horaria, incremento de salario, incentivos en forma de “experiencias” (escapadas de fin de semana, entradas para el cine o el teatro).

Sobre todo, antes de implementar cualquier plan o estrategia para conseguir motivar a los empleados, lo mejor es conocerlos: saber cuáles son sus puntos fuertes, sus debilidades, qué les gusta hacer en su tiempo libre, etc.

Sólo conociendo bien a tu equipo, sabrás cómo llegar a ellos/as de verdad. Y si lo consigues, tendrás a alguien 100% implicado.

Termino tal como empecé, parafraseando a Queen: “No es el momento para los perdedores, porque somos los campeones del mundo”. Qué bien suena eso, ¿no os parece?.